jueves, 2 de septiembre de 2021

BAGATELA SOBRE EL OLVIDO (Un último segmento)

La muerte y el olvido van cogidos de la mano, por
eso trata de no olvidar tus más bonitos recuerdos. 
Hortensio Farwel.

Si nos espera el olvido
tratemos de no merecerlo.
Alejandro Dolina.

     El dolor es poco lo que enseña, y poco, muy poco lo que enriquece el tesoro de la experiencia, de la conducta moral. La garantía de los sentimientos no radica en la certidumbre de que la infracción a sus normas naturales, crea, a la postre, dolor y amargura, sino en la creencia de que la fidelidad al sentimiento es por sí sola una fuente de satisfacciones y placeres.
    
el dolor de no poder olvidar...

     Pero se dirá que las relaciones entre los sentimientos y el olvido son singularmente difíciles y complicadas, llenas de azar y de contradicciones. En rigor, es así. Y no podría ser de otra manera. El olvido renueva la ilusión del sentimiento, y es, en verdad, el ámbito de donde se dispara la flecha  invisible hacia el futuro, hacia los cielos desconocidos de amor, de la amistad, de las inéditas conquistas y satisfacciones. Si el olvido no brindara a los hombres esa especie de gentil finiquito que extiende sobre los hechos pasados, nada podría emprender que llevara en sí el ímpetu de una creación. La maravilla del mundo es sólo posible porque el olvido trabaja con eficacia imponderable en el corazón humano.

     No nos defendamos del olvido, no tratemos de dominar con involuntaria resurrección del recuerdo, su fuerza inextinguible. Pensemos que sin el piadoso olvido que cubre las cenizas de tantos amores, de tantas tumbas abiertas en la entraña de la tierra y en el fondo de los corazones, la vida resultaría una inútil e insoportable tortura. A la condición humana aparece adscrita por designio natural, la capacidad de renovación, de restauración del complejo universo de los sentimientos, en la cual hay una siega constante y un florecimiento continuo, una ruina diaria y una restructuración sistemática. Esa perentoria inestabilidad explica cuánto hay de imprevisible en la expresión y en el sentido de la conducta, pero asegura, al mismo tiempo, la posibilidad de sobrevivir a las innumerables catástrofes sentimentales que escalonan la historia de los seres humanos. 

El martirio de no poder olvidar...

     El martirio de no poder olvidar debe ser un supremo martirio porque en él va sobrentendida una negación a la vida, a la vida que es una cotidiana victoria sobre el pasado, sobre la hora antigua o sobre la hora que acaba de fugarse, en cuyo seno, acaso, viajaba el dolor, el hastío, la desazón, la inconformidad, tal vez la indescifrable tristeza de envejecer estérilmente.

 
Esta Bagatela deja en evidencia, la cultura y la visión humana de este gran pensador colombiano de la primera mitad del siglo XX, la conciencia de la importancia del olvido en la salud mental y afectiva... la ruina de la propia y personal existencia a la que se expone el 'desgraciado' y pobre infeliz que no logra, no puede o no quiere olvidar. Bueno no puedo agregar un solo concepto más a estas meditaciones del maestro; solo espero que como a mí, después de leerlo me dejó un agradable sabor de boca... ojalá te pase lo mismo.

¡Abrazo repetido...!

Hortensio. 

Un por cierto: Tal vez Téllez, desconocía para su época el terrible e inusual síndrome de la 'Memoria Autobiográfica' o HIPERTIMESIA, -maldición o bendición- que ha sido estudiado recientemente por neurocientíficos, psiquiatras y psicólogos clínicos; definido sencillamente como el conjunto de síntomas por medio del cual algunas personas pueden recordar cada detalle de su vida. Lo totalmente opuesto al necesario OLVIDO, un lujo que no todos se pueden dar... ¡dejemos todo aquí!

Almas en pena que no pueden olvidar...


martes, 31 de agosto de 2021

BAGATELA SOBRE EL OLVIDO (Un segundo segmento)

Pronto te olvidarás de todo,
pronto serás olvidado.
Marco Aurelio.

El olvido llega al corazón
como a los ojos el sueño.
Alfredo de Musset. 

    La espléndida capacidad de olvido que alienta en el alma humana, defiende a la vida del indecible suplicio del recuerdo. En la base de la teoría filosófica que asigna a la memorización de los muertos, al culto de las tumbas, una noción de estímulo moral, va implícita una arbitrariedad de concepto: la que de el dolor se renueva con el recuerdo y solamente gracias al dolor puede subsistir el afecto por lo perdido. El recuerdo no desata el dolor sino eventual y limitadamente en el tiempo. La pena se extingue, se liquida mucho antes de que desaparezca el recuerdo. 


     Un día cualquiera nos damos cuenta de que podemos pensar en los muertos amados sin mezclar a ese pensamiento un átomo de dolor; podemos pensar en ellos con alegría; podemos recordarlos con júbilo, podemos, inclusive acordarnos de que nuestro corazón los adoró y que nuestros ojos los lloraron al ser inmovilizados por la muerte en el lecho igualitario de la tierra; pero sin que de nuevo, como en su día y en su tiempo, ese recuerdo haga desbordar de los causes recónditos del alma las aguas salobres de la amargura.

     Una de las leyes sustanciales de la vida es la del olvido, y ella consiste en que una pena que juzgamos insoportable e infinita, se cambie, al golpe de los años, en soportable y finita, en que un amor que juzgamos eterno y cuya pérdida creíamos iba a causar el desastre de nuestra vida, parezca, y al parecer deje intacta la posibilidad de una dichosa existencia; en el que el odio y la envidia y la ambición de riqueza, de poder, de gloria, de dominio, que pudieron conturbarnos y poseernos satánicamente, se transforme en indiferencia, en magnanimidad, en suave templanza del espíritu y de la carne.


La inexorable ley del olvido...

     Por virtud de la inexorable ley del olvido, podemos preguntarnos algún día con el mismo acento de melancólica inconformidad que resuena en las estrofas de Jorge Manrique: ¿Qué fue de esa devastadora ambición que no pudo, a la postre, dominar mi vida? ¿Qué fue de tanto dolor, de tanto amor, de tanta inquietud y desazón con los cuales se llenaron mis horas? ¿Qué se hicieron? ¿Qué queda de ellos?  
    
     Desde luego, el olvido no progresa sino sobre el territorio del pasado. Es una función de la conciencia que actúa sobre el pretérito de la vida. En el bello poema de Tennyson, el poeta exclama: "¡Oh la muerte en la vida, oh los días que fueron!". La muerte en la vida: eh ahí la más exacta definición de lo que es olvido. Vamos desfalleciendo en cada vuelta del camino, vamos naufragando en cada hora que pasa, no exactamente porque la energía vital nos abandone, sino porque en el interior, el olvido progresa, extiende su dominio, nos va tomando insensibles a todos los estímulos antiguos y lejanos. 

     ¿Pero sería soportable la vida sin la complicidad del olvido? Acaso la mejor garantía contra el dolor se halla en la milagrosa condición de la criatura humana para olvidar. La experiencia de los hombres no se funda en el dolor, y así lo demuestra la historia personal de las gentes y la historia general de las sociedades. Si en el dolor se fundara, el mundo acaso habría conseguido extirpar de su seno ese mismo dolor o cuando menos, aminorar su trágico peso.  La experiencia humana se apoya especialmente sobre el placer, porque el placer no extingue su huella en la conciencia, en el recuerdo, con la espléndida facilidad del dolor.

La necesaria complicidad del olvido para poder vivir...

     Las penas son como un frágil vilano que el soplo de los años dispersa; el sentimiento de la alegría y de la dicha, aún después de que las alegrías y las dichas han pasado, puede renacer, restaurarse en una transitoria evocación. El dolor es poco lo que enseña.
 
***

Nos vemos en el epílogo de esta hermosa Bagatela...

domingo, 29 de agosto de 2021

BAGATELA SOBRE EL OLVIDO. (Un primer segmento)

Yo no hablo de venganzas ni perdones, el
olvido es la única venganza y el único perdón.
Jorge Luis Borges. 

En este Plácido domingo es un honor tener en estas páginas al maestro Hernando Téllez (1908- 1966) y su prodigiosa prosa, en mi concepto la más fluida, limpia y clara que colombiano alguno haya poseído en muchísimos años, dominador del tan difícil idioma castellano, son sus Bagatelas, un conjunto encantador de pensamientos, meditaciones y opiniones sobre temas eternos que se renuevan sin cesar, en éste nuestro caso, nos lleva a meditar simplemente sobre el olvido... escuchémoslo:

El maestro...

    En medio de la silenciosa catástrofe de los años, el olvido progresa, avanza, invade inmensos y profundos territorios del alma. Es la suya una marea implacable, tenaz, persistente, que cubre cada vez con mayor sigilo y precisión etapas y sucesos, palabras y nombres, amores extinguidos, desvanecidos rostros de amigos, de seres amados con locura sin par un lejano día de la existencia.

El imperio del olvido...

     "¿Cómo era, Dios mío, cómo era?", podemos repetir una y otra vez con el verso de Juan Ramón Jiménez. Y no hallaremos una respuesta fiel a la demanda angustiosa de la conciencia en busca del pasado. El imperio del olvido resulta absoluto y despótico, despiadado y cruel al mismo tiempo. Ese antiguo amor que perfumó unos años de la vida y cuya interna llama iluminó el espíritu, cómo era, cómo fue, ¿Qué imponderables y sutiles agentes de atracción cautivadora puso en juego para que tal manera cristalizara en el fondo del alma? No sabemos, no recordamos con exactitud las características del pretérito proceso interior; apenas con desencantada curiosidad alcanzamos a entrever en la confusa niebla de los años, un rostro de mujer, el matiz vagamente luminoso de unos cabellos, las letras de un nombre, y, acaso, muy de lo hondo del abismo cavado por el olvido, nos llegue el nostálgico acento de unas frases en las cuales buscó expresarse, a su hora, el amor olvidado.

     Y nada más. Aquella pasión, de la cual prometimos y juramos, una y otra vez, que sería incorruptible mientras la vida animara nuestros cuerpos, y eterna e inmortal porque no prevalecería contra ella el imperio de la muerte, desapareció también en el olvido. De su gallarda forma no quedan sino las frágiles briznas del recuerdo, transformado, gracias al prodigioso auxilio del tiempo, en una memoria incompleta, caótica y oscura.

Una memoria incompleta, caótica y oscura.

     Y, sin embargo, hubo un instante en el cual garantizamos su perennidad, su victoria deslumbradora sobre las fuerzas de la desagregación inexorable. Ahora el olvido, un olvido en el cual no hay amargura, ni desazón, ni inquietud, un olvido tranquilo y perfecto, colmado de total serenidad, cubre esa comarca del pasado. Podemos mirar hacia allá, hacia atrás, indagar como pertinaces vigías en la marina inmensidad del ayer, sin que de allí levante vuelo una sola imagen perfecta. Todo es gris, uniforme, parejo, caduco, todo se ha desvanecido, todo ha perdido su significado y su perfil. Y no obstante, seguimos impasibles sin que el ánimo se conturbe.

***

Bueno hasta el próximo segmento de la Bagatela sobre el olvido... fuerte abrazo.

Hortensio.