jueves, 24 de diciembre de 2015

Ded Moroz, el papá Noel ruso.

En éste atípico día 24 de diciembre, en Colombia y en gran parte del mundo, ya saben, se celebra la navidad, que es fecha de regalos y cenas muy familiares, pues bueno yo les voy a regalar - de Navidad- un pequeño cuento del folklore ruso en una de sus múltiples versiones, a mi me gusta ésta que les voy a contar pues es la más breve y como dice el título de la entrada, es sobre DED MOROZ, el papá Noel ruso...

Ded Moroz, el 'Viejo Nieve'
Había una vez, un granjero (mujik)  que enviudó quedándole de su amada esposa, una bella niña de muy noble y bello corazón. Con el correr del tiempo este hombre se casó con una viuda que también tenía otra hija. La madrastra trataba muy mal a su hijastra quien superaba en gracia y hermosura a la suya, obligó al marido a abandonar a su hija en lo profundo del bosque en pleno invierno, condenándola a morir.

Y, así pasó... la niña estaba congelándose cuando en estas apareció Ded Moroz, quien le preguntó amablemente: "¿Estas bien, niña?" y aunque ella estaba a punto de morir de frío, con una esforzada sonrisa le contestó: "Estoy bien, gracias". Al ver el comportamiento noble y bien educado de la niña, el 'Abuelo Nieve', le dió un grueso y bello abrigo de piel y una caja llena de joyas.

Al día siguiente, el padre arrepentido fue a buscarla cuando en estas ella regresaba a casa, el padre la abrazó y lloró de contento pidiéndole perdón y llevándola de nuevo a su hogar. La madrastra después de oír la historia de la niña y ver el cofre lleno de joyas se llenó de avaricia y abandonó a su hija en lo profundo del bosque esperando una recompensa similar... y así pasó, llegando al final del día se le apareció Ded Moroz, y le formuló la misma pregunta, la chiquilla le contestó "pues no vez, me estoy congelando, viejo maldito" Moroz dio la vuelta y desapareció.

Sí, un poco cruel el cuentico, pero así son los rusos.

Una feliz Navidad y un fuerte y repetido abrazo.

Hortensio.  

domingo, 20 de diciembre de 2015

El amanecer de Omaira

En este mes de noviembre y ya al cumplirse 30 años de la más grande tragedia que sufrió Colombia en toda su historia con más, mucho más de 25.000 muertos y la desaparición total de la bella y próspera ciudad de Armero en el departamento del Tolima, por una avalancha provocada por el volcán nevado del Ruiz, el recuerdo está vivo.

Siempre viene a mi memoria, viva y actual, como si hubiese sido ayer, la presencia del increíble símbolo de la tragedia en que se convirtió la trágica muerte de Omaira, la niña que no pudo ser rescatada de la anegada ciudad. Conmovido, como muchos colombianos y gentes del mundo que la vieron en televisión en directo, escribí un opúsculo con el corazón en la mano, transido de amor y rabia, lo intitulé… 

El amanecer de Omaira


En el mes verde más verde del año, esa noche el volcán nevado majestuoso y cruel, vomitó sus intestinos y todo lo que tenía adentro evacuando solo sangre, barro y dolor; ¿Qué pasó…? Noche de horror y muerte, tierra humeante aún que trata en este despuntar del día de confundirse con el rocío; ojos que se cierran en gestos de horror al ver la ciudad borrada en el alba de un amanecer inundado de final que sólo será nombrada con lástima y compasión ¡Armero!

Con una muy queda vocecilla te preguntabas ¿qué pasó? Es todo lo que atina a decir antes de restregarse los párpados y mirar hacia el viento tratando de adivinar si es que está en un sueño de pesadilla y mi querida Omaira, respira gemidos con alma de mártir golpeada en su diminuto cuerpo que no puede mover.

Omaira en su agonía...
Un pozo anegado de fétidas aguas es todo lo que queda de su hogar y sus inquietantes ojos parecen quietos como si fuesen reflejos de una triste noche azul, pero en pleno amanecer… de nuevo se pregunta ¿Dónde estoy…? ¡Qué pasó! ¿Qué es todo esto…? Pero no hay respuesta; ve pasar la brisa que parece todavía un sueño de paz y escucha gemidos lejanos que no comprende y en su soledad, llena de miedo y de angustia, la niña da un grito de ansiedad, de zozobra y agonía que se escapa hacia las nubes que se insinúan bellas y aborregadas en el rosado amanecer, pero nadie escucha; la vida enmarcada en su frágil cuerpecillo torna a la semi- penumbra y a la duermevela de sus desesperados pensamientos ya que su grito solo fue un canto de esperanzas truncas, una voz de horizontes sin eco, arroyo sin manantial que desemboca en el río de la muerte…

Pero qué va a saber Omaira de muerte, si su vida era de entera “felicidad”; Armero y su familia lo eran todo para vivir con su adorable ingenuidad de niña noble. Y los minutos pasaban formando horas de terror en donde no podía mover sus piernas ¡estaba atrapada…! Y el dolor se estaba durmiendo, sus delicadas manitas se aferraban con desesperación a un frágil tronco tan pequeño como ella, pero era su salvavidas, el contacto con la vida y en espera de escuchar el nacimiento del amanecer sobre aquella tierra muerta que alguna vez fuera una bella ciudad fértil, umbría y feraz.

Vuelve a cerrar sus lindos ojos impertérritos, que no quieren mirar las paredes tibias del pestilente foso aunque siempre fueron ojos hechos para buscar sin encontrar y encontrar sin haber buscado; un par de ojazos negros en donde se perdía la pupila, bellos y brillantes, repletos de vida y reflejando amor, impávidos, hechos para hechizar pero que en aquella situación de total angustia estaban preocupados y sinceramente conmovidos… los abrió y volvieron a fabular, a pintar en el espacio, lo que imaginaba en la incertidumbre de una tragedia que no llegaba, tan siquiera, a dimensionar. Su pequeño y querido mundo se derrumbó ante su mirada desconcertada; la luz por vía de las tinieblas venidas de una noche cruel y absurda, presagiaba que se dirigía hacia una noche de calma y de paz.

Colombia y yo al recordarla lo hacemos con el llanto en la memoria, como buscando otros sueños con el rumor del pasado… ¡Omaira!
Y en su pequeña ergástula su cara se volvió mundo y el mundo se volvió cara, ¡aquí es, aquí es… por aquí! Y respira en voz baja que sale tan rápida como los latidos de su corazón reflejados en la bella mirada de sus ojos ya cansados, pero la esperanza resurgió… un ángel vestido de naranja intenso apareció en la boca del pozo y ya es media mañana de ese incierto amanecer que le pareció eterno.

El ángel solo atinó desconcertado ante la tragedia a decir -¡Cómo te llamas! Omaira, pero por favor sáqueme de aquí. Su carita fantasmal por la magia del vil barro casi no se distinguía, se iluminó solo sus ojos anegados con lágrimas de alegría pudo mirar al ángel.

Y el tiempo quedó atrapado en un bucle azabache del pelo de Ella, y esa figura humana vestida de naranja intenso, le tendió una botella de agua pura con sabor a llanto para que remojara sus labios, luego le limpio de su rostro el pegajoso barro que se adhería infamemente a su piel descubriendo en Ella una tenue y bella sonrisa que se borró con una mueca de dolor al tratar de izarla de sus dos bracitos… descubrieron la aterradora realidad, tenía sus piernas atrapadas por los escombros de su propia casa que estaba sepultada bajo sus pies y lo peor… el fétido barro acuoso estaba subiendo hacia su cara y se quedaba sin tiempo, los minutos era fugaces y vertiginosos, y en ellos había que trabajar sin descanso en esa atmósfera enrarecida de angustia y dolor… todo intento resultaba inútil en medio de la más absoluta desolación.

Dolor profundo que produce la tristeza de la impotencia, ¿cómo medirla, si el tamaño de la herida era tan grande como el nefando nevado? Dolor único e incomparable de una agonía lenta y desesperante a límites de volver locos a los que vivieron las escenas del fallido rescate; sufrimiento y congoja, amargura y cólera ante la puta impotencia, dolor insondable que es tan grande que se puede tocar y Ella se desvanecía y eso le dolía a Colombia como daga acerada entrando en nuestras propias carnes, en nuestras propias almas.

Murió de belleza...

¿Dónde se había escondido ‘La Piedad’…? ¿Cómo permitió esa trampa oscura que la arrastraba al abismo…? Yo sí que lo sé y, no quiero herir susceptibilidades espurias. Y Ella le habló al mundo y a su mamá con fatiga, pero con una fatiga diferente, de plácida renuncia y el mundo lloró con Ella al presentirse el final. Su rostro tomo una expresión tranquila conservando tan solo un matiz de altivez y dolor que inspiraba paz… el alivio no vino y Ella quedó quieta, más allá del tiempo, en la fuerza que da el último instante de abandono… una bruma de dolor nos envolvió, te habías ido, pero te quedaste inmarcesible e inmortalmente con nosotros, mi adorada Omaira, nada más que decir.

Visitaré tu tumba en cada lustro de tu aniversario, tu recuerdo despuntará una y otra vez la niebla en que nos envolviste y ante la serenidad de tu bello rostro, en el que la infame agonía no pudo dejar sus huellas… podríamos decir que te moriste de belleza.

Hortensio Farwel, 1.990
En el primer lustro de tu partida.