domingo, 3 de mayo de 2015

De anónimos y otros demonios.


El Paraíso...

El paraíso no es un lugar, es un momento... allá tú si no lo aprovechas, te llegará la pena, la culpa, la tristeza, el remordimiento y hasta el arrepentimiento, idioteces que a nada te llevarán pues nada te devolverá ese hipotético 'paraíso perdido'. Mira lo positivo y acompaña a Eva, nuestra 'maestra curiosa' que nos enseñó que esa curiosidad es la madre de la ciencia y que somos mortales y perecederos, cosa que hasta Dios envidia. 


Miedo a morir...

No tengo miedo a morir:

Tengo miedo a morir sin haber dicho todo lo que quiero.
Miedo a morir sin haberte demostrado día a día que no son solo palabras.

Miedo a morir sin haber compartido contigo la alegría y la felicidad que
esta vida grandiosa y graciosa tiene para ti, para mi, para nosotros.

Miedo a morir sin tus labios.
Miedo a morir sin ti.

No tengo miedo a morir, sino a la posibilidad de llegar abruptamente al
final sin haber escrito el resto de la historia.



No te merece...

No te merece quien, con su indiferencia te hace sentir invisible y ausente,
sino quien, con su atención, te hace sentir importante y presente.

No te merece quien te ilusiona con lo que dice y luego te desilusiona con
lo que hace, te merece el que 'dice' menos y  'hace' más...

No te merece quien solo te busca cuando te necesita, sino quien siempre está a tu lado cuando sabe que lo necesitas.

No te merece quien te hace llorar, sino aquel que te hace reír y te enamora cada día.



Lo incierto...

El amor, no nace de la imaginación sino de la vista.
El enamorado no inventa: reconoce. Su imaginación
no está en libertad; debe enfrentarse a ese misterio
que es la persona amada...

El amante está condenado a adivinar, aunque sepa de 
antemano que son ilusorias la pregunta y la respuesta de
qué hay detrás de esa frente y qué nos atrae a esos ojos.

¿En qué piensas, a quién miras? Dichoso o infeliz,
satisfecho o  desdeñado, el que ama debe contar con
el otro; su presencia le impone un límite y lo lleva así
a reconocer su finitud.

 Esta limitación abre otro reino, el de la incertidumbre
 ese si de veras limitado a su angustiada imaginación.



La Piedra...

El distraído tropezó con ella.
El violento la utilizó como proyectil.
El emperador construyó, con ella.
El campesino cansado la utilizó como asiento.
Para los niños fue tan solo un juguete.
David con ella mató a Goliat y...
Miguel Ángel sacó la más bella escultura.
En todos los casos,
la diferencia no estuvo en la piedra,
sino en el hombre.
No existe piedra en el camino que no puedas
aprovechar para tu propio  crecimiento.



Un sencillo y sincero abrazo.

Hortensio.