domingo, 24 de diciembre de 2017

La muerte de un montañero.

Los años vividos son nuestra historia.
farwel.

En éste Plácido domingo, la muerte de Don Manuel, un sencillo montañero antioqueño que amaba su montaña en la que vivió todo su trasegar humano y...

la montaña amada...
Aunque era otra noche de plenilunio y vísperas del 24 de diciembre- Navidad- mucho tiempo después, la luz de esa luna llena parecía la misma de siempre (pensaba Él). Sentía que la muerte lo estaba buscando y aquella misma noche la enfrentaría allá arriba en su 'enramada' después de más de 90 años de tenerla como su sombra... se sentía cansado y ya no quería ir más por ese sendero marcado de aventuras cerrando todas las puertas tras de sí al azar para ya no huir más; llegó el momento y la encararía, no le agregaría ni un día más a su trasegar terreno al que aprendió a desdeñar desde muy joven y allí mismo opto por abandonar su temible temple de guerrero decidiéndose por salirle al paso a la apestosa 'Parca', para que hiciera su necesario trabajo y lo despojara de esa vida que no había elegido.

la "enramada"...
Buscó un efímero refugio en la montaña amada para dejarse morir lleno de una rara euforia melancólica que nunca antes había sentido y le gustó... ya no tenía que volver a ocultarle sus sentimientos a nadie. Su corto paso por esas vidas se borraran como se borran las almas a la intemperie del olvido, con paso lento muy lento encaro a su bella montaña, quieta, serena, mayestática y eterna en medio de un silencio que nadie se atrevía a romper en esos momentos.

El viejo montañero...
Pronto, demasiado pronto entristeció al pensar que ya nunca volvería a contemplar aquellas neblinas de los amaneceres de esos caminos que Él mismo había delineado y que lo llevaban a su montaña amada. Cerró con fuerza sus ojos y respiró profundamente el aroma limpido del monte, se sintió aplastado por el peso de los años asomado al último abismo y con el alma vieja doblada por mil recuerdos murmurados que también ocultó la noche, se entregó a sus brazos aunque la luz de esa luna llena seguía y seguiría siendo la misma de siempre.


Un abrazo montañero...

Hortensio.






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